Economía

¿Debemos creernos los rankings de precios de supermercados? – Nada es Gratis

Cada año la Organización de Usuarios y Usuarios (OCU) publica una clasificación de los supermercados más costosos y más económicos de España. Esto dejaría no solo que nos hiciésemos una idea del costo de cada cadena sino más bien asimismo aprender donde están los establecimientos más costosos y más barat

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Todos los años la Organización de Usuarios y Usuarios (OCU) publica una clasificación de los supermercados más costosos y más económicos de España. Esto dejaría no solo que nos hiciésemos una idea del coste de cada cadena sino más bien asimismo aprender donde están los establecimientos más costosos y más asequibles. Y sí, como en años precedentes, un Alcampo de Vigo apareció en todos y cada uno de los medios como el súper más económico de España y el Sánchez Romero de Arturo Soria en la capital española fue el más costoso. El estudio calcula que elegir bien el establecimiento implicaría un ahorro promedio de hasta novecientos euros al final del año, que oscilaría entre los doscientos setenta y seis de Zamora y los prácticamente tres mil de la capital española. ¿Hasta el momento en que punto es esta clasificación representativa? ¿De qué dependen estas grandes alteraciones en los costos?

El índice de costos que calcula la OCU procede de recabar costos en más de mil establecimientos desde lo que llaman la “Cesta de la adquisición OCU, integrada por doscientos treinta y uno productos de nutrición y droguería, que incluye tanto primeras marcas (noventa y cuatro productos de exactamente la misma marca y exactamente el mismo formato) como marcas blancas (ochenta productos básicos, en los que elegimos la opción más asequible que ofrezca el establecimiento): de este modo representamos de forma más realista los hábitos de adquiere de un consumidor medio.“

Esta es una práctica frecuente en estas clasificaciones mas padece de esenciales restricciones como las 2 siguientes. Primero, estamos equiparando productos diferentes. Por definición, las marcas blancas (que realmente sería más apropiado llamar “marca de distribuidor” para distinguir de las “marcas de fabricante”) son diferentes para cada cadena y, por lo tanto, si el producto de un súper tiene mayor calidad y costo que el de otro, el índice penalizaría al mejor. Además de esto, si un súper ofrece diferentes opciones y elegimos el producto más económico no vamos a estar identificando necesariamente al consumidor representativo. Segundo, ¿qué hacemos en el momento en que un súper no sirve un producto particularmente?

Sesgos como los precedentes sugieren que precisamos buscar una forma de cotejar productos idénticos y tomar en consideración que la disponibilidad de tales productos cambia conforme el establecimiento y conforme la urbe. Esto es lo que hace el artículo publicado en la Review of Economic Studies en dos mil quince por Handbury y Weinstein (acá una versión sin el formato final) usando datos compendiados por Nielsen para U.S.A.. Estos datos corresponden a los hábitos de hogares de cerca de sesenta urbes (o bien más precisamente áreas metropolitanas). Cada hogar tras hacer la adquisición y llegar a casa usa un lector de código de barra para registrar cada uno de ellos de los productos, introduce su coste y el nombre del comercio. Esto deja identificar precisamente el producto y, por ende, nos enseña de forma precisa la cesta de compra de cada hogar. Los datos asimismo dan peculiaridades socioeconómicas de cada hogar.

En este estudio los autores no se concentran tanto en observar las diferencias de costos entre los comercios de una urbe sino más bien en ver si los costes en las urbes grandes son más costosos que en las pequeñas. Este es un hecho establecido en multitud de estudios con metodologías similares a las que emplea la OCU y que padecen de los inconvenientes discutidos previamente. En verdad, exactamente el mismo estudio de la OCU sugiere asimismo esta clase de relación.

Handbury y Weinstein identifican con sus datos las alteraciones en el costo del mismo producto en todos y cada urbe debidas a 3 factores: variación a nivel de producto (usuarios adquieren productos de diferente calidad), variación a nivel de establecimiento (hay supermercados con diferentes servicios, instalaciones, etc) y variación en los hábitos del consumidor (usuarios con menos tiempo libre, por servirnos de un ejemplo, procuran menos y pagan, en promedio, mayores costos). Sus resultados muestran que cuando tenemos presente estos 3 efectos, ya no es verdad que las urbes más grandes son asimismo más caras. Esto lo podemos observar en el próximo gráfico que relaciona el tamaño de la población con el índice de costes. Para cada urbe tenemos 2 observaciones, una con el círculo vacío corresponde al coste ya antes de supervisar por los efectos precedentes, al tiempo que el círculo negro en exactamente la misma vertical correspondería al coste tras supervisar por ellos. La línea que ajusta los costes en el segundo caso es esencialmente plana.

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Los autores muestran que los hábitos del consumidor son el componente más esencial tras esta equiparación. O sea, el motivo por el cual los hogares con mayor renta pagan más por los productos no es por el hecho de que adquieran en establecimientos más suntuosos sino más bien pues procuran menos. En tanto que urbes más grandes concentran hogares con mayor renta eso explicaría la relación positiva entre el nivel de costos y el tamaño de la urbe ya antes de supervisar por estos factores.

El resultado precedente, no obstante, no tiene presente que en diferentes ayuntamientos la pluralidad y la cantidad de productos libre es diferente. Si, por poner un ejemplo, productos más costosos no están libres en una urbe y los (pocos) usuarios que desearían adquirirlos no pueden, estaríamos infravalorando el costo de la vida en ese ayuntamiento en comparación con otros sitios donde observamos que sí los adquieren pues están libres.

No es muy sorprendente ver que el número de productos libre medra de manera notable con el tamaño de la urbe. El próximo gráfico muestra el número de referencias diferentes que adquieren los quinientos hogares escogidos para cada urbe dependiendo del tamaño de exactamente la misma. La diferencia entre N. York y Omaha (o bien Des Moines) es de ciento diez con cero contra veinticuatro con cero referencias diferentes.

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Con estos datos los autores edifican un índice de costos a nivel de urbe que tiene presente la diferente disponibilidad de productos.Los próximos gráficos muestran los resultados.

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Los 2 gráficos de la izquierda son similares a la Figura dos que he discutido previamente y reflejan para un conjunto de productos dado como el coste cambia conforme el tamaño de la urbe ya antes (arriba) y tras ajustar (abajo) por los factores que no están relacionados con la urbe. Los gráficos de la derecha realizan exactamente el mismo análisis teniendo presente la diferente disponibilidad de productos. En este último caso, los resultados señalan que los costes son iguales o bien menores en urbes más grandes.

Volviendo a el interrogante original, ¿hasta qué punto son informativos los rankings de supermercados? Seguramente poco. Estamos equiparando surtidos de productos diferentes y también instalaciones diferentes, lo que no deja terminar mucho. Eso sí, ahora sabemos que en urbes más grandes es más probable localizar costes menores si uno busca. Y eso sí que coincide con el resultado de la OCU, si bien seguramente por otro motivo.

Sobre el autor

Daniel Ocio

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